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Quisiera ser tan optimista como Lefsetz en su carta de hoy sobre la ley SOPA pero la naturaleza del debate me impide lograrlo.

El crítico y analista musical dice cosas muy ciertas en su reciente post, como aquello de que para entrar al futuro hay que pisar el acelerador y no el freno. También coincido con que es el público quien manda en la actualidad, aunque le cambiaría el “quien manda” por un “quien debería mandar”.

No tengo la más mínima idea que me pueda acercar a tener una posición clara sobre el Stop Online Piracy Act. Básicamente porque es una ley norteamericana, hecha por norteamericanos, para norteamericanos – o en contra de ellos?. No lo sé.

Lo más cerca que he llegado de tomar partido ha sido lo que La Casa Blanca dijo en su blog post sobre SOPA el pasado sábado, y que despertó la ira de magnates como Rupert Murdoch, quien acusó a Obama en twitter de aliarse con Silicon Valley y con Google, a quien también azotó por promover la piratería.

Pero la verdad es que uno no sabe para quién trabaja, y menos cuando de derechos de autor y propiedad intelectual se trata. Sé, en cambio, para quién NO se trabaja cuando se toma una posición contundente alrededor de leyes como estas. Y esas personas para quienes no estamos trabajando es para nosotros mismos.

Decir “Sí” a la ley SOPA es apoyar de frente el modelo de distribución de los viejos canales de comunicación como la televisión y la radio, en pro de los derechos de autor, la propiedad intelectual, su protección, su justa repartición de las ganancias obtenidas a partir del consumo de materiales de comunicación.

Pero significa también avalar al establishment político y mediático, estar con el 1% que controla el destino de las naciones a partir de las leyes y contenidos que imponen. Y en esas circunstancias, hablar en contra de la piratería no resulta aliarse con el creador de la propiedad intelectual, sino con aquel que regula y determina en la actualidad cuánto debe ganar esa persona creadora de la misma.

Decir que estás en contra de SOPA inmediatamente te pone del lado de los revolucionarios; es decir, de aquellos que persiguen la liberación de los contenidos para su acceso ilimitado y consumo masivo. Es más una posición de carácter dogmático que le permite a todo aquel que está pegado, como yo, a un computador, consumiendo altos niveles de información. Es quedar bien con la red social que me acompaña en el anarquismo como solución; es decir que estás del lado de la gente, del usuario, no del “consumidor”.

En esa posición de rebeldía se encuentra la red social twitter hoy, que ha gestado todo tipo de comentarios en contra de la famosa ley – que estoy seguro nadie ha leído, y que si lo ha hecho, habrá entendido muy poco de lo que ésta dice.

Pero eso no me preocupa tanto como saber que detrás de la oposición está también el 1%: las grandes corporaciones mediáticas que se nutren de la piratería online para seguir construyendo un poder informativo basado en el acceso libre y por supuesto, en los avisos publicitarios que este acceso logra recaudar.

Ni a Google ni a WordPress les interesa que los contenidos sean restringidos. Viven del tráfico, y el tráfico depende de las ventas de avisos publicitarios para poder sostenerse. No es nada distinto a la radio o a la tele: la única diferencia entre estos dos y la red, es que en los medios convencionales establecidos hay un ombudsman, un defensor, un editor pendiente. En la red no hay filtros. Por lo tanto, el espejismo de la democracia informática se produce fácilmente.

Pero todo es un tema de control de esa misma información. No se trata de restringir un contenido por temor a que no se pague por él – ya estamos viendo cómo youtube se mantiene vivo gracias no sólo a los contenidos sino a los avisos – y cómo servicios de streaming como Sonora en Colombia o Spotify en Europa y Estados Unidos ofrecen una alternativa a la debacle sufrida por los productos de radio y de televisión durante la explosión de Napster y de los canales de vídeos. SOPA es un tema de plata, no de acceso, y eso es lo que ignoramos cuando salimos, cual Ricaurte en polvorín en twitter, a gritar que estamos “en contra del control y del abuso de la autoridad”.

Pero a quién beneficia monetariamente la opinión pública alrededor de SOPA? Ciertamente no al público. Cuánto dinero está gastando google en el cabildeo en contra de la ley en Washington, con el fin de quitarle terreno precioso a la radio y a la televisión, gigantes de la información, omnipresentes testimonios del poder político de turno? Por qué es tan importante para Barack Obama decir que tiene dudas alrededor de SOPA?

Porque en facebook encontró a su mejor aliado durante la carrera hacia la presidencia, y no puede echarse para atrás ahora, ad portas de una competida carrera hacia la reelección.

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Curioso que por ejemplo, desde twitter, se reproche la posición de Jimmy Wales de wikipedia, verdadero valiente del mundo 2.0, dispuesto a renunciar al gigantesco tráfico que la enciclopedia del presente genera durante 24 horas, en pro de la libertad que brinda la información. “Es una tontería”, dijo ayer Dick Costolo, presidente de twitter, sobre el “apagón”.

Y probablemente lo sea, pero cuántas revoluciones verdaderas han comenzado en discusiones serias? En Colombia un florero estalló el grito; en Alabama una señora se negó a sentarse en otro lugar de un bus y nació el movimiento de derechos civiles. Las tonterías de las que habla Costolo son las acciones genuinas e independientes sobre las que la red debería estar fundada, alimentada, curada y desarrollada.

Lo demás es demagogia. Sopa y seco nos están dando las grandes corporaciones, aún dictando nuestras ideas, poniéndonos a favor y en contra en una era en que la comunicación parece ser el centro de todo: los negocios, la innovación, la inspiración, el amor, el odio…todo menos la unión de la gente alrededor del propósito de la comunicación misma: la unión de los pueblos, la sanación de las heridas, la desaparición de las fronteras, la disolución de las divisiones, la unificación de la humanidad entera.