JEFF HANNEMAN: 1964 -2013

Jeff_Hanneman

 

No fui nunca metalero.

Sin embargo, había algo en el metal que me llamaba la atención de niño.

Y no me refiero al metal glamero de Motley que me dio la radio en su mejor momento anglo en Colombia, sino a ese metal oscuro que se oía en las esquinas de la 23, donde se parqueaban los hippies a vender cassettes piratas de Silvio y de Pablo, de Exodus, de los Dead Kennedys, de la Pestilencia.

Metal oscuro y tenebroso. Como el de Slayer.

El primer disco que tuve de Slayer fue “South Of Heaven”, en octavo grado. Fue el segundo también que me gané en una rifa de Veracruz Estéreo (el primero fue Live! Like A Suicide de Guns).

La carátula era macabra y por eso me gustaba. Mi papá ya había viajado a los Estados Unidos y mi mamá estaba aterrorizada con el ingreso a mi casa de semejante carátula.

Puedo entenderla. Yo también estaba aterrorizado por el contenido del álbum.

No sabía absolutamente nada de rock y tampoco de Slayer. No sabía que era sucesor a un animal furioso y veloz llamado “Reign In Blood” – ese lo compré en 2005.

No sabía que la banda lo había hecho más lento que su predecesor a drede. No sabía que la crítica les había dado “bate” por tomar esa decisión.

Y no sabía quiénes eran Araya, Hanneman, Lombargo y King, pero creo que jamás los olvidé porque a pesar de mi valor para ponerlo, me produjeron serias pesadillas durante un mes seguido.

Tampoco sabía quién era Rick Rubin, ni qué llegaría a significar el nombre de productor en mi vida como coleccionista y como lector, como asiduo lector de historia de la música.

Lo curioso de todo el tema es que hoy que falleció Jeff Hanneman, volví a Slayer por un instante en la radio.

Con el temor típico de un disc jockey que debe poner lo que se le programa, busqué lo más reciente y menos estridente para poner – como si fuera posible poner algo “no estridente” de Slayer en una radio Top 40.

Escogí “Bloodline” de “God Hates Us All” porque fue de las últimas canciones que puse en mis últimos turnos en Radioacktiva, por allá en el 2001, un domingo.

Recordaba bien la canción porque había un auge grande del metal y una credibilidad potente en las grabaciones de Rick Rubin, de Ross Robinson y de Terry Date, todas vinculadas a un sonido grande, peligroso y transgresor. Como todo lo que ha hecho Rubin, y como todo lo que hizo Slayer.

Y pensé dejarla un ratico nada más, para no meterme en problemas.

Pero la muerte de Hanneman y la liberación de la canción al aire como un perro que rompe las cadenas y se abalanza contra un intruso me impidieron hablar sobre la canción.

La dejé correr mientras veía el nombre de Hanneman alzarse en twitter como una gran tendencia, contra todos los hashtags estúpidos que este a veces estúpido país de amnésicos produce, viendo cómo las memorias de una Colombia metalera, veloz, transgresora, rebelde y peligrosa recordaban a Hanneman.

Y creo que en una era en la que el rock es tan flojo y tan malo, el trending topic de Hanneman demuestra lo importante que fue el Rock de los años ochenta. Y lo poderoso que llegó a ser. Vi tweets de abogados, de músicos, de periodistas, de groupies, de oficinistas, de metaleros, de hombres, de mujeres.

Dejé el micrófono prendido sin ánimo de meterme en la canción pero la canté a viva voz y le hice batería aérea lo que más pude.

El vértigo y el peligro de salirse de los cánones pop me hizo sentir vivo y joven, absolutamente peligroso de nuevo, un disc jockey fuera de control, deseoso de compartir con los fans de Slayer un momento de dolor, un brindis en el más allá por Hanneman, una época en la que el rock no era música de muchachitos pusilánimes con ánimo de fama rápida, sino de veloces prestidigitadores, determinados a romper la barrera del sonido y de la luz, indiscutibles reyes de una revolución musical, que comenzó en manos de Hanneman y se hizo fuerte, monstruosa e imparable a manos de Rick Rubin en un sello de hip hop.

Y eso quizá es lo que más me ata a Slayer: el hecho de que fueran el primer gran artista de una corriente odiada por el establishment, tomado de la mano de un hombre que vio en el thrash y en el hip-hop lo que pasaría 10 años después en la música comercial, lo abrazó y lo defendió, y creyó lo suficiente para hacer que “South Of Heaven” llegara a mis manos a escasos once años, sin importar las pesadillas, la velocidad, el oscurantismo, abriéndome las puertas de mi crianza en el rock y más adelante, en el hip hop de los años ochenta, que al igual que el rock de Hanneman, no volverá jamás, pero que tendrá en él y en sus amigos de banda a una legión de fans tan grandes como el abismo que entre hip-hop y metal se hizo invisible por siempre gracias a la música de Slayer.

Share