THE CHAIN

Fleetwood-Mac

Las cosas que hace el desamor.

Los Fleetwood Mac, cuenta la historia, habían entrado en una etapa personal “complicada”.

Christine McVie se había acostado con el man de las luces durante la gira del primer disco del grupo con Lindsay y con Stevie. Christine, al frente del piano y los teclados, era a su vez, la esposa del bajista, John McVie.

Y Stevie, que era la mujer del guitarrista, Lindsay, se había acostado durante la gira probablemente con la mitad de la industria de la música.

Qué vaina más brutal! Todos contra todos! Era imposible no hacer buena música!! No había límites personales, profesionales!

Y obvio: no había límites musicales. Porque la música es una cosa de humanos. Y los humanos somos imperfectos, engañosos, mentirosos, malos en esencia. Pero la música nos acerca al perdón divino, nos limpia los pecados. Nos endereza el camino.

El resultado de semejante lío de faldas fue que al llegar a Sound City para grabar “Rumours” era un grupo de rock metido en las drogas hasta la coronilla, producto y resultado del éxito rotundo de haber roto las reglas de la música. La llegada de Lindsay para reemplazar al guitarrista original produjo también la llegada de su esposa Stevie al grupo.

Fleetwood pasó de ser una banda de blues rock promedio y de éxito moderado a hacer las primeras fusiones dentro del género, mezclando el folk, el country y el rock y presentando una fórmula de la que no se había hablado hasta ese momento, porque no existía: el pop rock.

Con la fusión de Fleetwood cambió la panorámica del blues rock de la época y se amplió.

Con la CONfusión causada por las múltiples relaciones en decadencia entre los integrantes del grupo, la bomba musical era simplemente atómica.

Que tu esposa cantara una canción dedicada al ingeniero de luces, y que la canción se llamara “You Make Loving Fun”, y que tú como esposo tocaras el bajo de esa canción era, de por sí, una situación explosiva, macabra, repleta de emociones encontradas, un caldo de cultivo para hacer canciones dolorosas e inolvidables.

Pero sin duda, la canción más grande de ese disco es “The Chain”.

Porque no sé exactamente cuántas canciones escribieron Nicks, McVie y Buckingham por aparte, pero sí sé que de todas las canciones que yacen en ese tesoro del rock pop mundial, “The Chain” es la única en la que los individuos que hicieron “Rumours” se unieron por una causa: el desamor de sus propias decepciones entre ellos.

Y como el tema del disco es precisamente ese, el desamor, la decepción, el engaño, la mentira en los matrimonios, las infidelidades latentes, productos de malos manejos personales, de famas incontrolables, “The Chain” es simplemente la más brillante de las composiciones dentro de “Rumours”.

Porque es la que escriben TODOS. En la que cantan TODOS. Y es la que define el disco por completo, a pesar de ser un disco que no tiene canción mala.

Era la época en la que lanzar 11 canciones tenía sentido; era la época en la que cada canción era buena y valía la pena comprar el disco entero.

Es una época que ya no existe. Pero no importa. Volvamos a “The Chain”.

Todos cantan en “The Chain”. Y todos cantan lo mismo. La canción fue escrita por Stevie Nicks, pero fue pulida por Christine McVie. Las dos mujeres del grupo, en el ojo de la tormenta por sus infidelidades latentes – como si las de los hombres no importaran, aunque también fueran latentes – se armaron de letras y de melodías, de armonías y de voces celestiales para producir en sonido los dolores, las angustias, los temores, las inseguridades, los egos de todo el grupo:

Listen to the wind blow, watch the sun rise

Run in the shadows
Damn your love, damn your lies

And if you don’t love me now
You will never love me again
I can still hear you saying you would never break the chain
And if you don’t love me now
You will never love me again
I can still hear you saying you would never break the chain

Y de allí en adelante, la canción procede a partirte el corazón una y otra vez. De ser una progresión manifestada en el folclorismo norteamericano con mandolinas y coros evangélicos a convertirse en una iracunda guitarra de rock; pasa del country más rudimentario y el gospel más arreglado a enfurecerse contra un solo de guitarra de Buckingham, abriéndole paso al desamor como la fuerza contundente de todas las obras maestras de la música, desde Adele hasta Olimpo Cárdenas, de cómo en decepción, el desengaño y la mentira el corazón de la música se alimenta, se emancipa, busca en otros cuerpos, en otras caricias, en otros acordes, lo que el rock a veces no puede satisfacerle en la más humana de las hambres.

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