Es muy complicado en esta era escuchar algo nuevo. Sobre todo cuando se llevan 36 años encima, 30 de ellos oyendo música con cierto uso de razón.

Probablemente de ese tipo de cansancios se producen los disc jockeys que se queman. No le pasó a John Peel, por ejemplo. Tipo siempre tuvo medido el pulso de la cultura popular, probablemente porque su primer gran logro fue haber puesto a los Sex Pistols sin permiso del gobierno en una radio estatal.

Peel fue el disc jockey por excelencia. Descubridor incansable. Inquieto coleccionista. Su colección es un museo británico. Su legado de radio, un orgullo. Nunca se cansó de maravillarse.

Gracias a Dios no le tocó esta era de repeticiones y de basura musical.

Pero por más que uno se meta en los negocios, siempre amará la música. Sobre todo cuando la música ama primero. Cuando no tiene ninguna vergüenza. Cuando no respeta tu entorno. Cuando se mete en tu territorio, el que se supone que tú conoces, y que de repente, a raíz de una canción, te desmorona.

Pasa muy pocas veces. Pasa aún más poquito cuando es algo musicalmente genuino, cuando a pesar de la fórmula, lo que musicalmente se produce no había sucedido antes. Le pasa a Howard y a Guy Lawrence. Les pasa a los Disclosure.

Los vi en un mediodía caluroso en Miami hace un mes, delante de cincuenta o sesenta personas. El festival apenas estaba arrancando su tercera jornada y por lo general, el gran cúmulo de gente se produce a partir de las 4 de la tarde, hora en la que los organizadores ubican estratégicamente a los fenómenos de nicho. Es decir: a aquellos artistas que poseen una fanaticada nacional que se localiza en un venue particular, para hacerlo ver lleno, para ir gestando esa efervescencia de la que está hecha la electrónica: de paseos por parques enteros a partir de rumores y de multitudes. “Qué está pasando allá? Vamos a ver.” Y se encuentran con cosas que unifican al ritmo de una música.

Pero no con los Disclosure. Recién estrenados en el Reino Unido con un número 1 (White Noise feat. Alunageorge), los pocos asistentes ven a Guy y a Howard en sus pálidas estampas y sus uniformes de camisilla blanca y pantalones negros tomar la tarima y hacer una fórmula que no está gastada en la electrónica, compuesta de beats comprimidos que repican en el estómago como hambres de almuerzos voraces y que retumban en los tímpanos con armonías constantes. Pero es cuando suena esa canción que uno sabe que está pasando algo que no ha pasado pero que va a pasar:

You, you lift my heart up.
when the rest of me is down.
You, you enchant me, even when you’re not around.

La voz de Sam Smith va unida a un pequeño y repetido sonido vocal femenino. El menor de los Lawrence repica contra una batería electrónica el beat con una baqueta y el sonido se siente casi humano, pero si no fuera por su repetición continua del tum, tum, tum, tum-da-tum, uno podría decir que es una secuencia más.

Sin embargo, él persiste en hacerlo él, aunque la máquina lo podría hacer por él. Pero el insiste en que, como le pasó a Duran Duran con “Girls On Film”, la sintetización de la electrónica debe ir vinculada, sino a una señal humana, a varias, entre ellas, a su destreza como baterista electrónico, mientras una declaración de amor tan honesta como “Stand By Me” de Ben E. King revienta por los parlantes. Me entusiasmas. Me enalteces. Mi corazón brinca, cuando el resto de mi cuerpo está abajo. Me encantas, incluso cuando no estás cerca.

Ese amor adolescente del que emana la letra de Sam Smith en “Latch” promueve un amor colectivo. Uno quiere volver a estar enamorado de esa manera. Uno quiere volver a sentir esa sensación de peligro y de unidad, esa única ocasión en la que todas esas palabras simplemente se traducen en la necesidad de un beso, aquel que dimos por primera vez en alguna cuadra, aquel que intentamos repetir una y otra vez por el resto de nuestras vidas.

Y es ese conjunto de cosas y de sensaciones producidas en una canción la que hace de Latch un éxito. Uno quiere vivir. A uno le late más rápido el corazón. Uno está dispuesto, de repente, a cruzar las fronteras, a romper las reglas, a amar de nuevo.

If there are boundaries, I will try to knock them down.
I’m latching on babe, now I know what I have found.

I feel we’re close enough.
I want to lock in your love.
I think we’re close enough.
Could I lock in your love baby.

Y de esa electrónica humana, hecha de posibles besos que ya no podemos dar, está hecha la radio joven adulta de nuestro tiempo y están hechos los corazones de los jóvenes más hermosos que conocemos, aquellos en quienes confiamos que, en una futura adultez, promuevan hasta el final estos rompimientos de esquemas, estos cambios de fórmulas. Aquel disc jockey que se atreve a poner una canción nueva por primera vez, cambia el mundo. Aquel disc jockey que sin permiso pone esa canción, es como el primer beso.

Por eso LATCH es tan hermosa. Porque nos cambia la muerte por la emoción del beso que no podemos dar. Y sin embargo, y a pesar de todo, terminamos dándolo, nunca arrepintiéndonos, rompiendo las reglas del amor, rompiendo las reglas de la radio, donde sea que la hagamos.

Disclosure-Latch-by-Ross-McDowell-Ben-Murray-Bullion-Collective